Martin Eden

Martin Eden

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En la cocina encontró a Jim, el otro huésped, comiendo lánguidamente las gachas con una mirada ausente y febril. Jim era un aprendiz de fontanero cuyo mentón débil y carácter hedonista, unidos a cierto estúpido nerviosismo, no prometían conducirle demasiado lejos en su lucha por ganarse el pan.

—¿No tienes hambre? —preguntó, mientras Martin metía la cuchara con desgana en las gachas de avena, heladas y a medio cocer—. ¿Volviste a emborracharte ayer por la noche?

Martín negó con la cabeza. Le mortificaba la sordidez de todo aquello. Ruth Morse parecía más lejana que nunca.

—Yo acabé como una cuba —añadió Jim con una risita ufana y nerviosa—. La chica era un bombón. Billy tuvo que traerme a casa.

Martin movió la cabeza para que Jim viera que le escuchaba —estaba en su naturaleza prestar atención a cualquiera que se dirigiese a él—, y se sirvió una taza de café templado.

—¿Irás al baile del Club del Loto esta noche? —quiso saber Jim—. Habrá cerveza y, si viene esa pandilla de Temescal, se armará un buen jaleo. Pero me da igual. Llevaré a mi chica de todos modos. ¡Caray! ¡Qué mal sabor de boca tengo!

Torció el gesto e intentó mejorarlo bebiendo café.


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