Martin Eden
Martin Eden Ella le miró de nuevo. Todos los siglos de feminidad desde el nacimiento de los sexos parecÃan reflejarse en sus ojos. Y Martin la observó con indiferencia, y comprendió que la joven empezarÃa a retroceder, con coqueterÃa y delicadeza, a medida que él fuera acercándose, dispuesta a cambiar su juego si él se acobardaba. Y, como también era humano, y percibÃa el atractivo de ella, su ego se sintió halagado por la amabilidad de la joven. ¡Oh, sabÃa todo eso, y conocÃa muy bien a esas muchachas! Chicas decentes, según los parámetros de su clase, que trabajaban de firme a cambio de un pequeño jornal y desdeñaban venderse para obtener provecho, ávidas de un poco de felicidad en el desierto de su existencia, y con un futuro dividido entre el horror del trabajo interminable y el abismo de una miseria moral aún más terrible, cuyo camino, aunque más corto, estaba mejor remunerado.
—Bill —contestó él, asintiendo con la cabeza—. Pues claro que me llamo Bill, mujer.
—¿Lo dices en serio? —preguntó ella.
—¡Qué va a llamarse Bill! —interrumpió su amiga.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Martin—. No me conoces de nada.
—Ni falta que hace para comprender que estás mintiendo —respondió ella.