Martin Eden

Martin Eden

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Martin sintió una especie de náusea espiritual. El paso de Ruth a la realidad había sido demasiado brusco. Al lado de los ojos atrevidos y desafiantes de la joven que tenía delante, vio los ojos claros y luminosos de Ruth, como los de una santa, que le miraban desde unas profundidades insondables de pureza. Y, sin saber por qué, algo se rebeló en su interior. Él era mejor que aquello. La vida tenía más valor para él que para esas dos muchachas, que sólo parecían aspirar a un helado y a un amigo. Recordó que siempre había tenido una vida secreta en su interior. Había tratado de compartir sus reflexiones, pero nunca había conocido a una mujer… ni a un hombre capaz de entenderlas. Lo había intentado en varias ocasiones, pero sólo había logrado desconcertar a quienes le escuchaban. Y, puesto que sus pensamientos llegaban más lejos que los de los demás, él llegaría más lejos que ellos. Sintió una fuerza desbordante en su interior, y apretó los puños. Si la vida era más valiosa para él, tendría que exigirle más, pero ¿cómo iba a hacerlo con semejante compañía? Aquellos ojos negros que le miraban con descaro no tenían nada que ofrecer. Sabía los pensamientos que escondían: helados y algo más. Pero aquellos otros ojos celestiales… ofrecían todo lo que conocía y más de lo que podía adivinar. Ofrecían libros y pintura, belleza y serenidad, y toda la refinada elegancia de una existencia superior. El proceso mental que había tras aquellos ojos negros no era ningún misterio para él. Era como un mecanismo de relojería. Podía ver el movimiento de cada uno de sus engranajes. Prometían un placer mezquino, estrecho como una sepultura, que causaba hastío y acababa con una lápida encima. Pero los ojos celestiales prometían misterio, maravillas inimaginables y vida eterna. Había vislumbrado el alma que los sustentaba, y también su propia alma.


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