Una excursión a los indios Ranqueles

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¡Lástima que un mortal de gustos tan patriarcales, que sería dichoso con muy poca cosa, se vea condenado como tanto hijo de vecino, a la dura ley del trabajo, cuando innumerables prójimos desperdician lo superfluo y aun lo necesario.

¡Qué hacer! El mundo está organizado así y el Eclesiastés, que sabe más que mi amigo y yo juntos, dice:

El insensato tiene los brazos cruzados y se consume, diciendo:

Lleno el hueco de una mano, con reposo, vale más que las dos llenas con trabajo y mortificación de espíritu.

Con la luz del día examiné el lecho en que había dormido tan cómodamente, como en elástica cama a la Balzac provista de sus correspondientes accesorios, almohadones de finísimas plumas y sedosos cobertores. Eran unos cueros de potro mal estaqueados y unas pieles de carnero, la cabecera un mortero cubierto con mis cojinillos.

En seguida tendí la vista a mi alrededor.

En Tierra Adentro yo no había pernoctado bajo techumbre mejor.

El toldo del cacique Ramón superaba a todos los demás.

Mi alojamiento era un galpón de madera y paja, de doce varas de largo por cuatro de ancho y tres de alto.


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