El cuento de la criada
El cuento de la criada Las fichas pesan en su mano. Forma la palabra libertad. Pero no la coloca. No se atreve. En su lugar, elige algo inofensivo. Algo sin significado. Él no parece notar la tensión en su rostro. O sà la nota, pero no le importa.
—Muy bien —dice él, colocando su propia palabra.
La partida termina rápido. Defred no sabe cómo sentirse. El Comandante no la ha tocado, no le ha exigido nada. Pero esto es peor. Este juego, esta calma, es un acto de poder. Un recordatorio de que él tiene el privilegio de hacer lo prohibido. Y ella solo puede jugar si él lo permite.
Cuando regresa a su habitación, su mente es un caos. Algo no encaja. No entiende qué quiere el Comandante. No entiende por qué la ha llamado. Pero lo que más la atormenta es otra cosa: una parte de ella ha disfrutado el juego. Ha sentido, por un momento, que tenÃa un control minúsculo sobre su propia existencia.
Y eso la aterra.
Los dÃas pasan. Y las noches en el despacho del Comandante se repiten. A veces juegan Scrabble. Otras, él le da revistas viejas, cosas que ya no existen en Gilead. Ella las hojea con el temor de una niña que juega con fuego.
—Te echo de menos —dice él una noche, con una sonrisa extraña.