El cuento de la criada
El cuento de la criada Defred siente un escalofrío. ¿Cómo puedes echar de menos a alguien que no es tuya? Quiere decirlo, pero no puede. Solo baja la mirada y coloca una palabra sobre el tablero.
No puede confiar en él. Pero al mismo tiempo, cada una de estas reuniones le recuerda que hay otro mundo fuera de Gilead. Uno que ya no existe, pero que aún palpita en rincones ocultos.
Sin embargo, hay otro peligro acechando. Deglen, la otra Criada, la observa con interés. En una de sus caminatas, cuando los guardianes están lejos, murmura algo que le hiela la sangre.
—Hay una resistencia. Mayday.
Defred no responde. No puede. El miedo le cierra la garganta. No sabe si esto es una trampa. No sabe si Deglen es realmente una aliada o si está probando su lealtad al régimen. Pero la semilla queda plantada en su mente.
Al día siguiente, cuando Defred y Deglen salen a hacer las compras, la ciudad parece más silenciosa de lo normal. En la plaza, los Guardianes han montado un tribunal improvisado.
Dos mujeres están de rodillas en el suelo. Sus rostros están golpeados, sus manos atadas a la espalda. Serena Joy está en un estrado, observando con el gesto impasible de una diosa distante. Un Comandante lee la sentencia en voz alta: