Amalia

Amalia

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—La primera y la segunda descarga han sido de tercerola, y la última de fusil.

—Ésa es mi misma idea.

—A cualquiera que tenga oídos se le ocurre lo mismo —repuso Pedro, que parecía estar de malísimo humor con todos por el peligro que acababa de correr su señora; y como para evitar más preguntas, se fue a encender luz en el aposento en que dormían Eduardo y Daniel cuando se quedaban en la «Casa sola», y que se hallaba en el otro extremo de las tres habitaciones de Amalia.

Cuando ésta entró a la sala, y se quitó de la cabeza el pañuelo de seda que la cubría, Eduardo no pudo menos que sorprenderse al mirar la excesiva palidez de su semblante.

La joven se sentó en una silla, afirmó el codo en una mesa y posó su frente sobre su blanca y delicada mano, mientras Eduardo había pasado al comedor, a oscuras, y abriendo la ventana, ponía toda su alma en el oído, porque la densidad de las sombras era cada vez mayor y no se podía distinguir cosa alguna.

Nada se oía.

No parecía que la vida acabase de enviar tanta muerte un momento antes.

Cuando volvió a la sala todavía permanecía Amalia en la misma actitud.


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