Amalia

Amalia

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—Basta, mi Amalia, basta; ya ha pasado todo y Daniel irá riéndose en este momento —le dijo, sentándose a su lado y arreglando unas hebras de los lacios cabellos de su amada, que se habían descompuesto con la presión de la mano.

—¡Pero tanta bala! Es imposible que no hayan herido a alguno.

—Por el contrario; lo que es imposible es que haya llegado una bala de tercerola a cincuenta varas de la ballenera. Han visto su sombra en el agua y han tirado al acaso.

—¿Pero toda la costa está vigilada? ¿Y Daniel? ¡Cómo desembarca Daniel, Dios mío!

—Bajará a la madrugada, hora en que se retiran las patrullas.

—¿Y Fermín le ha llevado el caballo?

—Sí, señora —respondió Luisa, que entraba con una taza de té para Amalia.

En ese momento Eduardo volvió a levantarse y a pasar al comedor para escuchar de nuevo por la ventana. Una idea hacía rato que estaba cruzando por su cabeza; y que era lo único que lo inquietaba.

Apenas haría tres minutos que estaba recostado contra la reja, cuando creyó percibir cierto ruido por el Bajo.


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