Amalia

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La mirada se sumergía en ella, y no hallaba un ser viviente, ni una luz, ni un indicio de vida, ni se percibía otro ruido que el de la brisa entre las hojas de los árboles. Parecía uno de esos parajes que escogen los espíritus de otro mundo para bajar al nuestro, envueltos en sus chales de sombra; y donde corren, se deslizan, se chocan, ríen, lloran, cantan, tocan en los cristales y se dilatan y se escurren, y sin forma ni color, rozan la frente, revuelven los caballos, y con su soplo volcanizan la imaginación y se escapan; lugares rodeados de soledad y de misterio, en que el alma se sobrecoge y reconcentra, y un no sé qué de vago la oprime, imprimiéndose en el aire y en la sombra las mismas fantasías de la mente; espíritus que se ven; almas que corren, se alejan y se acercan; fantasmas que se levantan como la espiral del humo, y se rarifican en el vacío, como la bruma, como el aire mismo; luces que, súbitas, se inflaman y se apagan; risas, gemidos, que el aire trae y cuyo eco cree conocer el alma, y más se sobrecoge, y más la oprime algo que no es propiamente el miedo vulgar, sino una especie de sueño en la vigilia, con algo que se acerca más a la muerte que a la vida, más a la oscura eternidad con sus arcanos, que al presente con sus peligros reales; ilusión del alma, y no de los sentidos; percepciones de la imaginación, en ciertos parajes, en horas especiales, y en circunstancias dadas…


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