Amalia
Amalia Pero en medio de aquella soledad, había una animación escondida, y entre esas tinieblas, un torrente de luz, oculto por los muros de la quinta de Amalia.
En el salón, los rayos de cincuenta luces reflejaban en los espejos, en los bruñidos muebles, y en el cristal de los jarrones, que rebosaban flores, y en cuyas labores, a los rayos de la luz y la sombra de las flores, se descubría el brillo azul del diamante, la luz enrojecida del rubí, los desmayos del zafiro, la esplendidez de la esmeralda, y las coqueterías del ópalo.
El gabinete y el tocador estaban iluminados del mismo modo; y sólo el dormitorio de aquella solitaria beldad no tenía más luz que la de una pequeña lámpara de bronce velada por un globo de alabastro; porque el amor huye del ruido y de la luz. Hijo de los misterios de Dios, vaciados en el molde del corazón humano, busca también el secreto y el misterio en la tierra. La tarde en el mar y el rayo de la luna al través de las hojas de los árboles son los modelos de silencio y de luz que la adivinación del sentimiento, más que el arte, sabe imitar para esconder al amor cuando es esperado por los que arden en su celeste llama; y la alcoba de Amalia lo esperaba como el crepúsculo en el mar tranquilo, como la luna entre el bosque, como el corazón en el misterioso seno de la mujer.