Amalia

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A la profanación del templo seguía la profanación del buen gusto, de las conveniencias, de las maneras, del lenguaje, y hasta de la mujer, en lo que llamaba el ambigú federal, cuya mesa se colocaba, ora en la sacristía, a veces en algún corredor, bajo algún claustro, y alguna vez también en la casa del juez de paz de la parroquia.

El primer asiento estaba reservado a Manuela, y como si esta pobre criatura fuese el conductor eléctrico que debiera llevar a su padre los pensamientos de cuantos allí había, cada uno empleaba todo el poder de la oratoria especial de la época, para mostrarse a los ojos de la hija, fuerte y potente defensor del padre.

La oratoria de la época tenía su vigor, su brillo, su sello federal en la abundancia de los adjetivos más extravagantes, más cínicos, más bárbaros.

El enemigo debía ser inmundo, sucio, asqueroso, chancho, mulato, vendido, asesino, traidor, salvaje. Y el héroe de la Federación, en boca de los aseados federales, para quienes el oro francés era inmundo, pero el oro argentino muy limpio y muy pulido, para dejar de robárselo a manos llenas, era ilustre, grande, héroe; como ilustres, grandes y héroes eran todos ellos en la prostitución y el vicio que allí representaban.


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