Amalia
Amalia Y Eduardo echaba a la espalda los rizos de su amada para que todo su rostro fuese bañado por los rayos plateados de la luna.
—Eres feliz, Eduardo, ¿no es verdad?
—Luz de mi vida, yo no envidio a tu lado la existencia inefable de los ángeles… Mira: ¿ves aquel astro, el más brillante que tiene el firmamento? ¿Lo ves? Ése es el nuestro, Amalia; ésa la estrella de nuestra felicidad; ella irradia y brilla y resplandece como nuestro amor en nuestras almas, como nuestra felicidad a nuestros propios ojos, como tu belleza irradia y brilla y resplandece en mi alma.
—¡No, no!…
—¡Amalia!
—¡No; es aquélla! —dijo la joven, extendiendo su mano y señalando una pequeña y pálida estrella, que parecía pronta a sumergirse en el confín del río. Después, su espléndida cabeza se inclinó sobre el hombro de su amado, y sus ojos se clavaron sobre el cenit azul del firmamento.
—¡Eduardo, Eduardo! —exclamó la joven, con sus ojos fijos en las estrellas.
—Vivo para ti, Amalia.
—Tú me has reconciliado con la esperanza, Eduardo.
—Yo no envidio a tu lado la existencia inefable de los serafines, Amalia.