Amalia
Amalia Eduardo hizo apenas un ligero saludo con la cabeza al general Mansilla, y subió con su amigo por la barranca del Retiro.
Diez minutos después, Daniel abría la puerta de su casa; entraba en ella con su amigo; y poco más tarde, volvía a salir solo, cerraba la puerta y montaba de nuevo en su caballo, en su ágil, nuevo y brioso caballo, el mejor de cuantos había en la poblada estancia de su padre.
Al pasar por el gran arco de la Recova, vio al jefe de día y su comitiva que subían a la plaza del 25 de Mayo; y volvieron a saludarse junto a los fosos de la fortaleza, donde entraron después de las formalidades militares.
La noche seguía hermosa y apacible; y en el gran patio del fuerte, y en los corredores de lo que fue en otro tiempo departamentos ministeriales, apiñados estaban, fumando y conversando, todos los alcaldes y jueces de paz de la ciudad, con sus tenientes y ordenanzas; la mitad del cuerpo de serenos, y gran parte de la plana mayor; componiendo todos un número de cuatrocientos cincuenta a quinientos hombres.
Toda esa heterogénea guarnición de la fortaleza mandada esa noche por Mariño, según las disposiciones del general Pinedo, inspector de armas.