Amalia
Amalia Imposible es describir la sorpresa del comandante de serenos al ver a Daniel en compañía del general Mansilla, cuando lo creía en ese momento en la «Casa sola», a tres leguas de la ciudad.
Daniel no sabía que Mariño estaba esa noche a cargo de la fortaleza, pero ninguna sorpresa manifestó su semblante; y comprendiendo la de Mariño, delante de él, dijo al jefe de día:
—Esto es servir, general: el señor Mariño deja la pluma y toma la espada.
—Eso es cumplir los deberes, señor Bello —le contestó Mariño, sin volver todavía de su sorpresa.
—Y esto es vigilancia. Todo el mundo está aquí despierto —dijo el jefe de día.
—Lo que no hemos visto en parte alguna —agregó Daniel, acabando con esto de perturbar la imaginación de Mariño, pues que, si Daniel había andado acompañando al jefe de día, no podía ser él a quien había seguido de lejos hasta la «Casa sola», tres horas antes: y quizá no sería Amalia aquella mujer que dio un grito en un cuarto a oscuras de esa casa. Así Mariño se perdía en conjeturas; y mientras el general conversaba con varios jueces de paz, yendo con ellos a una de las habitaciones altas, donde había una mesa con algunos fiambres y botellas, Mariño no pudo menos de preguntar a Daniel, con esa indiscreción que acompaña siempre a los espíritus perturbados de improviso: