La ideologia alemana

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Tenemos, en primer lugar, a san Bruno, a quien reconoceremos fácilmente por su cayado («vuélvete sensualidad, vuélvete cayado», Wigand, p. 130). Ciñe su cabeza la aureola de la «crítica pura» y se envuelve, con gesto en que desprecia al mundo, en su «autoconciencia». Ha «aplastado a la religión en su totalidad y al Estado en sus manifestaciones», p. 138, al tremolar el concepto de la «sustancia» en nombre de la suprema autoconciencia. Las ruinas de la Iglesia y los escombros del Estado yacen a sus pies, mientras su mirada débela a «la masa» y la hace morder el polvo. Es como un dios, que no tiene padre ni madre; es «la criatura de sí mismo, su propia obra», p. 136. Es, en una palabra, el «Napoleón» del espíritu, y en espíritu «Napoleón». Sus ejercicios espirituales consisten en «escucharse constantemente y en encontrar en este escucharse a sí mismo el acicate para la autodeterminación», p. 136; y, a consecuencia de este tremendo esfuerzo de tomar continuamente nota de sus propias palabras, adelgaza a ojos vistas. Pero, además de «escucharse» a sí mismo, escucha también, de vez en cuando, como habremos de ver, al Westphälisches Dampfboot[40].





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