La ideologia alemana
La ideologia alemana ¡Pero, ni siquiera el más santo de todos es puro! Todos son pecadores y carecen de la gloria que debiera revestirlos delante de la «autoconciencia». San Bruno, que a media noche se debate con la «sustancia» en sus camarillas solitarias, vuelve su mirada, tentado por los pecaminosos escritos del hereje Feuerbach, hacia la mujer y hacia la belleza femenina. De pronto, su mirada se oscurece; la pureza de la autoconciencia se ve manchada y la reprobable fantasía sensual tienta con sus cuadros lascivos al atemorizado crítico. El espíritu se mantiene propicio, pero la carne es débil. El espíritu tropieza y cae, olvida que es la potencia «cuya fuerza ata y desata y domina el mundo» y que estos abortos de su fantasía son «espíritu de su espíritu», pierde toda su «autoconciencia» y balbucea, embriagado, un ditirambo a la belleza de la mujer, «a lo delicado, lo blando, lo femenino», a los «mórbidos y bien torneados miembros», al «ondulante, vibrante, cálido y cantarino cuerpo» de la mujer. Pero la inocencia brilla siempre, incluso allí donde peca. ¿Quién no sabía que «un cuerpo ondulante y vibrante» es algo que ningún ojo ha visto todavía, que ningún oído ha escuchado aún? Por eso, ¡oh alma tranquila y amada!, el espíritu se impone pronto de nuevo a la carne rebelde y pone a los turbulentos apetitos una «barrera» infranqueable, «en la que» el hombre no tendrá más remedio que asestarse enseguida «el golpe de muerte».