La ideologia alemana
La ideologia alemana Este niño especulativo, que se preocupa más por la «naturaleza de las cosas» que por sus juguetes, se pone «a veces», a la larga, al tanto del «mundo de las cosas», triunfa sobre él y entra entonces en una nueva fase, la de la juventud, en la que tiene que afrontar una nueva y «amarga lucha por la vida», la lucha contra la razón, pues «espíritu significa» «la primera propia creación» y «nosotros estamos por encima del mundo, somos espíritu», p. 15. El punto de vista del adolescente es «el celestial»; el niño se limitaba a «aprender», «no se detenía en problemas puramente lógicos o teleológicos», lo mismo que «Pilatos» (el niño) pasaba rápidamente de largo por delante de la pregunta: «¿qué es la verdad?», p. 17. El adolescente, en cambio, «trata de apoderarse del pensamiento», «entiende las ideas, el espíritu» y «pugna por ideas»; «sigue a sus pensamientos», p. 16, tiene «pensamientos absolutos, es decir, solamente pensamientos, pensamientos lógicos». Este adolescente que «así se comporta», en vez de correr detrás de las muchachas y de otras cosas profanas, no es otro que el joven Stirner, el joven estudioso berlinés, que cultiva la lógica de Hegel y admira al gran Michelet. De este adolescente se dice en la p. 17, y con razón: «Promover el pensamiento puro, aferrarse a él, es un goce juvenil, y todas las figuras luminosas del mundo del pensamiento, la verdad, la libertad, la humanidad, el hombre, etc., iluminan y entusiasman al alma juvenil». Este joven «da de lado» luego «al objeto» y «se ocupa» simplemente «de sus pensamientos»; «todo lo no espiritual lo resume bajo el nombre despectivo de las exterioridades, y si a veces se deja llevar de las exterioridades, por ejemplo, de las asociaciones estudiantiles, etc., es porque descubre en ello algo de espíritu, es decir, porque se trata, para él, de símbolos». (¿Quién no «descubrirá» en estas palabras a «Szeliga»?). ¡Oh, buen joven berlinés! Las reuniones de los estudiantes para beber cerveza eran, para él, solamente «un símbolo»; y solamente en gracia a «un símbolo» habrá caído rodando, lleno de cerveza, debajo de la mesa, donde probablemente habrá querido «descubrir» también algo de «espíritu». Cuán bueno es este buen joven, de quien habría podido aprender el viejo Ewald, autor de dos volúmenes sobre los «buenos jóvenes», lo revela también el hecho de que «valga», p. 15 para él aquello de «abandonar padre y madre y considerar destruido todo el poder de la naturaleza». Para él, «hombre racional, no hay más familia que el poder natural y debe renunciarse a padres, hermanos, etc.», todos los cuales, sin embargo, «renacerán como poderes espirituales y racionales», por donde el buen adolescente pone en armonía con su conciencia especulativa la obediencia y el temor a los padres, quedando todo como antes. Y asimismo «vale ahora» para él, p. 15: «Se debe obedecer más a dios que a los hombres». Más aún, el buen adolescente alcanza la cumbre más alta de la moralidad, en la p. 16, donde leemos: «Debe uno obedecer a su conciencia más que a dios». Este alto sentimiento moral lo coloca incluso por encima de «las vengadoras Euménides» y hasta lo sustrae «a la cólera de Poseidón», y a nada teme más que a «la conciencia».