Miseria de la filosofia
Miseria de la filosofia Naturalmente, exclama el señor Proudhon, existe ese punto de comparación: el libre arbitrio. El precio resultante de esta lucha entre la oferta y la demanda, entre la utilidad y la opinión, no será la expresión de la justicia eterna.
El señor Proudhon sigue desarrollando esta antítesis:
«En mi calidad de comprador libre, soy el árbitro de mi necesidad, el árbitro de la conveniencia del objeto, el árbitro del precio que yo quiero pagar por él. Por otra parte, usted, en su calidad de productor libre, es dueño de los medios de preparación del objeto, y, por consiguiente, tiene la facultad de reducir sus gastos» (t. I, pág. 41).
Y como la demanda o el valor de cambio es identificada con la opinión, el señor Proudhon se ve precisado a decir:
«Está demostrado que es el libre arbitrio del hombre el que da lugar a la oposición entre el valor de uso y el valor de cambio. ¿Cómo resolver esta oposición en tanto que subsista el libre arbitrio? ¿Y cómo sacrificar éste, a menos de sacrificar al hombre?» (t. I, pág. 41).
Así, pues, no se puede llegar a ningún resultado. Hay una lucha entre dos potencias, por decirlo así, inconmensurables, entre lo útil y la opinión, entre el comprador libre y el productor libre.