Amorosa
Amorosa -Sería necesario esperar dos o tres años… Tu cariño, ¿tiene tanta paciencia? ¿No se sublevaría en ese tiempo?
-Reflexiona. Si te quedas hoy aquí, mañana te reclamará; es tu marido: el derecho le asiste, le ampara la ley.
-No me interesa quedarme aquí, lo que yo quiero es ir contigo a cualquier parte. Si me quieres, vámonos a donde tú digas, y si no me quieres, adiós.
Jacobo la detuvo:
-Irene, ten calma.
Ella no quería oírle; con los ojos llenos de lágrimas, repetía:
-Déjame…, déjame…, déjame…
La hizo sentar a la fuerza y se arrodilló de nuevo a sus pies. Trató -acumulando reflexiones y consejos- de hacerle comprender lo irreparable de aquella resolución. Estuvo elocuente, y hasta en su mismo cariño halló argumentos convincentes. Le suplicó una y mil veces que le atendiera, que razonara como él, que no se ofuscase.
Fría, serena, cuando Jacobo calló, Irene dijo:
-Está bien; permite que me levante y que me vaya.
-No; eso, no.
-Déjame. Tú me rechazas, me voy
-Te vas pensando que no te quiero.
-Me rechazas.