El halcón pirata
El halcón pirata Millmont, residencia del caballero Thomas Coe, en su plantación del mismo nombre, cerca del río San John, era una vasta construcción de dos cuerpos, unidos entre sí por otro bastante angosto, y entre los cuales había un gran patio sombreado por algunos árboles. Según costumbre, el jardín, bastante espacioso, estaba situado a espaldas del edificio, en cuya ala izquierda estaba John Alvan Coe.
No sólo había podido el joven escapar de sus perseguidores, sino que llegó a su casa antes que los dos negros. Entró en su habitación, cargó sus pistolas, colocolas en una mesa de noche, y después de asegurarse de que las ventanas estaban bien cerradas, acostóse tranquilamente. Poco después hallábase entregado a ese profundo sueño reparador que la fatiga asegura siempre a las personas sanas y robustas.
A eso de las cuatro de la mañana, cuando apenas amanecía, despertóse Coe, creyendo oír un ligero ruido en la puerta, y convencido de que alguno llamaba, gritó:
—¿Quién anda ahí?
—Levantaos, John, y dejadme entrar enseguida —contestó una voz—; debo comunicaros una cosa que os puede interesar.
—¿Sois vos, Henry Marston? —preguntó John; esperad un momento; soy con vos.
