Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10)
Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10) Durante los dÃas siguientes, Amanda se convirtió en una presencia constante en la vida de los niños. Jugaba con Peyton en el jardÃn, le enseñaba canciones y le hablaba de Eilean Donan, pintando para ella un mundo más allá de los muros del castillo. Con Ossian, el vÃnculo fue aún más natural; el pequeño parecÃa buscarla incluso entre los brazos de su padre. Megan, observando desde la distancia, veÃa cómo su hija desplegaba ese corazón enorme que tanto la definÃa.
Una tarde, Amanda encontró a Peyton acurrucada junto a una ventana, mirando la lluvia. —¿Piensas en tu mamá? —preguntó con suavidad. La niña asintió, sin mirarla. —Debe ser difÃcil… —continuó Amanda—. Pero ¿sabes algo? Yo también perdà a gente que querÃa. Y aprendà que no se van del todo. Se quedan aquÃ. —Colocó una mano sobre su pecho. Peyton la miró entonces por primera vez con verdadera confianza. —¿De verdad? —susurró. —De verdad —aseguró Amanda—. Y mientras los recuerdes con amor, seguirán contigo.
Aquella conversación, escuchada a medias por Brodrick desde el umbral, lo estremeció. Amanda no solo estaba conquistando a sus hijos, sino que estaba entrando en los lugares más oscuros de su propia alma. Esa noche, en su habitación, se miró al espejo y murmuró: —¿Qué diablos haces conmigo, Amanda McRae?