Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10)
Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10) Esa noche, Amanda lo encontró en la biblioteca, sentado ante la chimenea con un vaso de whisky en mano. La luz del fuego delineaba sus facciones tensas, como si toda su vida estuviera resumida en esa expresión cansada. —¿Vas a dejar que ella venga a imponer sus reglas? —preguntó Amanda, cruzando los brazos. Brodrick alzó la mirada, sorprendido por su atrevimiento. —No es asunto tuyo —replicó con frialdad. —¿Y el bienestar de tus hijos tampoco lo es? —disparó Amanda, sin bajar la voz. —Mis hijos son míos, lady Amanda. —Su tono fue cortante, pero sus ojos la delataron: en ellos había más miedo que enojo. —Y yo no pretendo arrebatártelos —respondió ella—. Pero no puedes seguir huyendo del pasado.
El silencio entre ambos fue más elocuente que cualquier réplica. Amanda, dándose la vuelta para marcharse, agregó: —Si quieres protegerlos, empieza por protegerte a ti mismo.