Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10)
Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10) Los días siguientes fueron tensos. Lady Bedellia llegó acompañada de criados y una nube de perfume dulzón que contrastaba con su porte gélido. Miró a Amanda como si midiera su valor con un solo vistazo, y al ver a Peyton, extendió los brazos fingiendo afecto. La niña, sin embargo, retrocedió y se aferró a Amanda, que la sostuvo con firmeza. —Vaya —dijo Bedellia con sorna—, parece que mi nieta ha encontrado nueva compañía. —Ha encontrado cariño —respondió Amanda, sin titubear.
La confrontación fue inevitable. En el salón principal, mientras Megan y Duncan observaban atentos, Bedellia expuso su “preocupación” por el futuro de los niños. —No pueden criarse aquí, aislados entre estas piedras —declaró—. Necesitan la guía de alguien que conozca el mundo. —¿Como usted? —ironizó Brodrick, que hasta entonces había permanecido en silencio. —Como yo —respondió ella, alzando el mentón.
La discusión escaló hasta que Brodrick se levantó de un salto, su voz resonando como un trueno: —¡Basta! Peyton y Ossian son mis hijos. Y nadie, ni siquiera usted, va a decidir por ellos.