Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10)
Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10) Fue Lady Bedellia quien encendió la chispa que lo obligó a despertar. Una mañana, apareció en el salón principal con un tono teatralmente lastimero: —He tomado una decisión, Brodrick. —Se dirigió al conde como si él no tuviera voz en su propia casa—. Peyton y Ossian vendrán conmigo a Dumfries. La sangre del conde hirvió. —No, no lo harán. —Su voz resonó con una autoridad que había dormido demasiado tiempo. —¿Y quién te detendrá? ¿Una viuda que no pudo cuidar ni de su propia hija? —escupió Bedellia, con una sonrisa venenosa. Amanda, que había escuchado desde el pasillo, irrumpió en la sala. —¿Se refiere a la hija que educó para ser un adorno frío y miserable? —preguntó con un tono helado que sorprendió a todos. —¿Cómo te atreves, niña insolente? —gritó Bedellia. —Me atrevo porque alguien tiene que decir la verdad. —Amanda avanzó un paso—. Peyton no necesita más sombras. Necesita amor. Y eso es algo que usted nunca supo dar.
Brodrick la miró entonces. Aquella joven no solo defendía a los niños, también lo estaba defendiendo a él, enfrentando a sus fantasmas con una valentía que él aún no encontraba. Y en ese instante entendió que si seguía callando, perdería no solo a Amanda, sino la posibilidad de reparar su vida.