Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10)
Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10) Esa noche, él fue a buscarla. La encontró en la biblioteca, la misma donde tantas veces habÃa huido de sus emociones. Pero ahora no habÃa whisky en sus manos ni excusas en su voz. —Amanda —dijo, con un tono que mezclaba arrepentimiento y determinación—, me equivoqué contigo. —SÃ, lo hiciste —respondió ella, sin levantar la vista del libro que fingÃa leer. Él avanzó hasta quedar frente a ella. —Tengo miedo —admitió—. Miedo de perderte, miedo de no ser suficiente para ti… y miedo de amar otra vez. Amanda cerró el libro y lo miró a los ojos. —No eres el único que tiene miedo, Brodrick. Pero el amor no se construye detrás de muros.
Por primera vez, él dejó caer las defensas. La tomó de las manos y se inclinó hacia ella. —Quédate —susurró, como si esa palabra le arrancara años de dolor—. No solo por los niños. Quédate por mÃ. Amanda sonrió, con lágrimas brillando en sus ojos. —Eso era lo que necesitaba escuchar.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el silencio de dos corazones que, tras tantas batallas, por fin encontraban el mismo ritmo. Esa noche, Amanda supo que no estaba solo curando a un hombre roto; estaba construyendo con él una vida nueva.