Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10)
Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10) Los dÃas posteriores fueron distintos. El aire del castillo, antes cargado de luto y silencios, comenzó a llenarse de risas y conversaciones. Peyton, que hasta entonces se movÃa como una sombra, ahora corrÃa por los pasillos junto a Amanda, que le enseñaba canciones y juegos traÃdos de Eilean Donan. Ossian balbuceaba feliz, buscando los brazos de la joven como si siempre hubieran sido su refugio.
Brodrick los observaba desde la entrada del salón, sintiendo algo que habÃa creÃdo muerto: esperanza. Joshua, que estaba a su lado, comentó en voz baja: —Roy Trust vuelve a ser un hogar. Brodrick asintió, sin apartar la vista de Amanda. —Gracias a ella —susurró, más para sà que para el anciano.
Duncan y Megan permanecieron algunos dÃas más, evaluando en silencio el cambio que se gestaba. Duncan, aún con el orgullo de padre protector, buscó a Brodrick en el patio una tarde. —Te juzgué con dureza —admitió el laird—. Pero veo que haces feliz a mi hija. —No sabes cuánto lo intento —respondió el conde, con una sinceridad que desarmó cualquier hostilidad restante. —Entonces no falles, Fraser. —Duncan lo miró fijamente—. Porque si lo haces, no habrá rincón en Escocia donde puedas esconderte. Brodrick sonrió, entendiendo que aquel era el permiso velado que tanto necesitaba.
