Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10)
Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10) La tensión estalló minutos después en el despacho de Duncan, donde Arnold, ensangrentado, la acusaba de agresión. —¿Es cierto, Amanda? —preguntó su padre, con voz grave. —Sí —respondió ella, erguida—. Y lo volvería a hacer. El silencio fue roto por Ewen, el leal amigo del laird: —Yo lo vi, Duncan. Ese muchacho se propasó. Duncan clavó la mirada en Lorenzo Gordon, quien, con un gesto severo, obligó a su hijo a disculparse. Arnold lo hizo a regañadientes, mientras Amanda lo observaba con una media sonrisa victoriosa. Duncan, aunque fingía dureza, apenas podía disimular el orgullo por su hija.
Esa noche, durante la cena, el ambiente era más ligero. Megan reía de las ocurrencias de Amanda, y Duncan, aunque renuente, sonreía también. Sin embargo, el laird compartió una noticia que cambiaría el rumbo de los días venideros: —He recibido una misiva de Brodrick Fraser. Ha regresado a Aviemore —anunció, con la solemnidad que usaba para temas importantes. Amanda sintió un escalofrío. Recordaba bien al conde de Aviemore, aquel hombre de porte imponente y mirada cargada de historias que no se atrevían a contarse. Lo había visto meses atrás en los festejos de Eilean Donan, pero su presencia había dejado una marca en ella.