Moby Dick. Version ilustrada

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Y Ajab también estaba erguido en su alcázar, negro y desastrado, con obcecada desolación; y cuando los dos barcos cruzaron las estelas entre sí —uno todo celebración por lo sucedido, el otro todo aprensión sobre el porvenir—, sus dos capitanes representaron todo el chocante contraste de la escena.

—¡Venid a bordo, venid a bordo! —gritó el alegre comandante del Soltero, alzando un vaso y una botella en el aire.

—¿Habéis visto a la ballena blanca? —gritó Ajab en respuesta.

—No; sólo oí hablar de ella, pero no creo en ella en absoluto —dijo el otro, con buen humor— ¡Venid a bordo!

—Sois demasiado joviales, maldita sea. Seguid navegando. ¿Habéis perdido a algún hombre?

—No, que se puedan contar… dos isleños, eso es todo… Pero venid a bordo, viejo amigo, venid. Os quitaré en un momento esa negrura de vuestra frente. Venid, ¿no queréis? (la alegría es la clave); un barco lleno y camino de casa.

—¡Qué tremendamente consabido es un tonto! —murmuró Ajab, y después, en voz alta—: Sois un barco lleno y camino de casa, decís; bien, entonces, llamadme un barco vacío y alejándome. Así que seguid vuestro camino, y yo seguiré el mío. ¡Eh, a proa! ¡Izad todo el trapo, y mantenedle a fil de roda!


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