Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Mientras el frenético viejo hablaba así y así pisoteaba con sus dos pies, el vivo y el muerto, un despectivo triunfo que parecía referido a Ajab, y una fatalista desesperación que parecía referida a sí mismo… ambos pasaron sobre el mudo e inmóvil rostro del parsi. Inadvertido se levantó, y desapareció deslizándose; en tanto que atemorizados por el aspecto de su comandante, los marineros se apiñaban en el castillo, hasta que Ajab, recorriendo, consternado, la cubierta, gritó…
—¡A las brazas! ¡Derecha la caña!… ¡Bracead en cruz!
En un instante las vergas giraron; y mientras el barco daba media vuelta sobre su talón, sus tres gráciles mástiles, firmemente asentados y erguidamente balanceados sobre su largo casco de cuadernas, parecían los tres Horacios haciendo piruetas sobre un diestro corcel.
Desde las columnas del bauprés, Starbuck observaba la tumultuosa marcha del Pequod, y también la de Ajab, mientras iba cabeceando a lo largo de la cubierta.
—Me he sentado ante el denso fuego de carbón y lo he visto resplandeciente, pleno de su atormentada y flameante vida; y lo he visto consumirse finalmente, apagarse y apagarse hasta el más insubstancial de los polvos. ¡Viejo de los océanos! De toda esta ardiente vida vuestra, ¿qué quedará al final salvo un pequeño montón de ceniza?