Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Yo era el asistente o paje de Queequeg en tanto estábamos ocupados con el pallete, mientras seguía pasando y repasando la trama o trabazón de filástica alquitranada entre los largos hilos de la urdimbre, empleando mi propia mano como lanzadera, y mientras Queequeg, de lado ante mí, de vez en cuando deslizaba su pesado sable de roble entre las hebras y, mirando indolentemente a lo lejos sobre el agua, descuidada e inconscientemente ajustaba cada hilo en su lugar; digo que tal extraña ensoñación, sólo interrumpida por el intermitente sonido apagado del sable, reinaba allí entonces en todo el barco y en todo el mar, que parecía como si éste fuera el telar del tiempo, y yo mismo fuera una lanzadera, mecánicamente tejiendo y tejiendo a la manera de las Parcas. Ahí estaban los hilos fijos de la urdimbre sujetos a una única, siempre recurrente, invariante vibración, vibración apenas suficiente para admitir la entremezcla transversal de otros hilos con los propios. Esta urdimbre era como la necesidad; y aquí, pensaba yo, con mi propia mano yo manejo mi propia lanzadera, y tejo mi propio destino en estos inalterables hilos. Mientras tanto, el sable indiferente e impulsivo de Queequeg, golpeando la trama a veces de lado, o torcida, o fuerte o débilmente, según se diera el caso; y con esta indiferencia en el concluyente golpe produciendo un correspondiente contraste en el aspecto final del tejido terminado. El sable de este salvaje, pensaba yo, que así finalmente conforma y configura tanto la trama como la urdimbre, este espontáneo e indiferente sable debe ser el azar… sí, azar, libre albedrío, y necesidad… en modo alguno incompatibles… todos actuando juntos entrelazadamente. La recta urdimbre de la necesidad, que no puede ser desviada de su trayecto final… toda su alternante vibración, tendente, de hecho, sólo a ello; el libre albedrío todavía libre de manejar su lanzadera entre hilos fijos; y el azar, aunque contenido en su juego dentro de las líneas rectas de la necesidad, y lateralmente modificado en sus movimientos por el libre albedrío, a pesar de estar así prescrito por ambos, el azar gobierna a cada uno por turnos, y da el último caracterizante golpe a los acontecimientos.