Historia de un pepe

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—Algún motivo grave, señorita, que yo ignoro —contestó Hervias—, debe haber impedido a mi amigo el recibir el favor que le dispensó el alférez real al convidarlo. No dudo asegurar que si no hay algún inconveniente insuperable, Gabriel reparará mañana, concurriendo al sarao, su falta involuntaria.

El abogado bizco creyó sorprender un sentimiento de satisfacción en el rostro de Matilde; pero tal vez no fue aquello sino amor propio de mujer satisfecho, al que los celos del enamorado dieron mayor alcance del que correspondía. Ello es que don Diego de Arochena vio desde aquel momento en el joven cadete un rival mucho más peligroso y temible que todos los demás adoradores de Matilde, y le juró una guerra a muerte.

Entretanto, aquél que, sin saberlo, era el objeto de aquella admiración y de aquel odio, y cuyo nombre servía de tema a las conversaciones en el refresco del alférez, había llegado a su casa y después de haber mandado desenjaezar el caballo y colocarlo en la cuadra, se desnudó del uniforme, se encerró en su cuarto y se puso a meditar sobre los sucesos de la tarde.



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