Historia de un pepe

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El embozado guardó silencio durante un rato, y don Diego se felicitaba en su interior de haber forjado una historia que tenía todos los visos de la probabilidad, y con la que engañaría a su carcelero, sin descubrir el verdadero objeto de su espionaje, que no era ciertamente la casa de Pedrera, sino la contigua.

—Veo —dijo el desconocido—, que usted sabe más de lo que le conviene. Váyase con tiento, pues hay cosas cuyo conocimiento puede hacer la ruina del que lo adquiere. Lo que usted acaba de decirme será o no será lo cierto; pero por ahora quiero contentarme con la explicación de usted. Voy a ponerlo en libertad, y no olvide la lección que ha recibido.

—No la olvidaré, dijo don Diego en su interior, ni descuidaré tampoco el arreglar la cuenta que te abro desde esta noche, malvado. ¡Ay de ti si la sospecha que he concebido resulta cierta!

El embozado abrió la puerta y entraron cuatro hombres. Al apoderarse del abogado para conducirlo fuera de aquel recinto, advirtieron que se había desatado las manos y quitádose el pañuelo de los ojos. Volvieron a maniatarlo y a vendarlo, cargaron con él, salieron y una vez en la calle, hicieron evoluciones semejantes a las que habían hecho al llevarlo, hasta que habiendo llegado delante de la puerta de la casa de Arochena, lo tendieron en la grada y se alejaron.


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