Historia de un pepe
Historia de un pepe Después de aquella plática, en que el negro informó a Gabriel de cuanto sabía, tomó el joven el escrito que había extendido y en que solicitaba su licencia absoluta, y antes de que fuese más tarde y se publicaran en la ciudad los sucesos de la noche anterior, se dirigió a palacio y solicitó una audiencia del presidente. Recibido en el acto, Gabriel le refirió cuanto había ocurrido, sin omitir la revelación hecha por Pie de lana de ser su padre, lo que confirmó antes de expirar el alcalde Arochena. Añadió que tenía en su poder una declaración, escrita y firmada algunos años antes por don Fernando Fernández de Córdoba, en la que constaba que él era un expósito, y concluyó diciendo tener la convicción de que el autor de sus días era el reo a quien había llevado a la cárcel la noche anterior.
El anciano presidente escuchó estupefacto la relación de Gabriel y recibió el memorial que éste le presentó en seguida con el despacho de capitán. Después de reflexionar un momento, dijo:
—Usted procede con cordura al dar este paso. Después de lo que ha sucedido y que no tardará dos horas en hacerse público, no sería posible que continuara usted vistiendo el uniforme militar un día más. Lo siento en el alma, joven. Usted pudo haber hecho una carrera brillante; pero la suerte no lo ha querido. ¿Puedo servir a usted en algo?