La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Acababa de amanecer cuando despertó Peraza, incorporose, y buscando su precioso saco de cuero, que contenía plantas y flores, salió sin hacer ruido. En el patio estaba atado su caballo, montó y se dirigió a su casa. Para llegar a ésta, partiendo de la de Agustina, era preciso pasar a la espalda del palacio del Gobernador, delante de las ventanas que daban al volcán. Los rayos del sol bañaban ya la elevada cresta de las montañas. El horizonte se iluminaba poco a poco y la pálida luz de las estrellas desaparecía, como se secan las lágrimas en las mejillas de una mujer hermosa, cuando la alegría sucede repentinamente a la aflicción. El valle permanecía aún en la oscuridad; y los árboles, el río y la pradera, dibujaban sus dudosos contornos, e iban tomando forma y colorido, como en el breve instante en que la naturaleza salió de las sombras del caos, a la voz poderosa del Criador.