La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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Indiferente ante el espectáculo grandioso del universo que despierta, el médico seguía su camino, paso a paso, preocupado con las ideas, de orden muy diverso, que agitaban su imaginación. Levantó la cabeza, distraído, y volvió los ojos casualmente al palacio del Adelantado. En aquel momento abriose una ventana del segundo piso. Una mano blanca y delicada corrió la cortina y apareció una joven, vestida con un ligero traje de mañana, y sobre cuyos hombros caía, destrenzado, un largo y sedoso cabello castaño. Peraza detuvo involuntariamente su caballo, y después de haber observado a la joven, durante dos minutos, lanzó un grito e inclinó la cabeza sobre el pecho. Cuando alzó otra vez los ojos, después de un breve instante y buscó ansioso a la encantadora maga, la joven había desaparecido, la ventana estaba cerrada y el médico ni aun pudo determinar en cual de las varias que tenía en aquella parte el edificio, había aparecido la fantástica figura que despertaba en su alma los más punzantes y dolorosos recuerdos. Dudaba si era sueño o realidad lo que acababa de ver, y no creía el testimonio de sus propios sentidos. Sin embargo, aquella figura estaba trazada en caracteres de fuego en el corazón del desdichado, y la indefinible sensación que experimentó, al ver a aquella mujer, no le dejaba lugar a la más ligera duda. Buscando con ojos extraviados la misteriosa ventana, Peraza permaneció un rato, repitiendo en voz ahogada y doliente: «Ella es, ella es; doña Juana; el destino implacable vuelve a arrojarla en mi camino»; y dos lágrimas, ardientes como lava volcánica, rodaron por sus mejillas.


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