La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Tomaron ambos hidalgos capas y sombreros, y encaminándose por calles excusadas a la parte de atrás de la catedral, donde estaba situada la habitación del sacristán Reynosa, llamaron a la puerta. Salió éste e hizo entrar a los dos caballeros, que le manifestaron el deseo de ver las armas, por pura curiosidad. Pareció sencilla la solicitud al sacristán y permitioles la entrada a la capilla de la Veracruz, en donde estaban suspendidas armaduras, espadas y lanzas de los que habÃan de justar al siguiente dÃa. Ronquillo se detuvo delante de una armadura pintada de azul, cuyo escudo tenÃa por empresa un sol iluminando una rosa a medio abrir, sobre la cual revoloteaba una abeja, e hizo disimuladamente una seña a Castellanos. Este llevó aparte a Reynosa, entreteniéndolo con la conversación, en tanto que el Veedor tomó el yelmo perteneciente a aquella armadura, y con un instrumento de hierro que llevaba oculto, hizo cierta operación en aquella pieza, volviendo a colocarla en el sitio en que estaba. Enseguida retiráronse los dos amigos, y al despedirse de Reynosa en la puerta de la calle, le recomendaron no hablase de aquella visita, pues las leyes de caballerÃa prohibÃan el que se acercase persona alguna a las armas de los combatientes, para evitar hechicerÃas y maleficios.
Después, separáronse los dos hidalgos, diciendo Ronquillo a Castellanos, tomándole afectuosamente de la mano: