El Avaro
El Avaro FLECHA.— A fe mÃa, señor, los que piden prestado son muy desgraciados; y hay que soportar cosas extrañas cuando se ve uno obligado, como vos, a pasar por las manos de unos usureros sin entrañas.
CLEANTO.— ¿No se realizará el negocio?
FLECHA.— Perdonad. Nuestro maese Simón, el corredor que nos han dado, hombre activo y lleno de celo, dice que os ha tomado muy a pecho, y asegura que vuestra sola cara ha conquistado su corazón.
CLEANTO.— ¿Tendré los quince mil francos que pido?
FLECHA.— SÃ; mas con algunas pequeñas condiciones, que habréis de aceptar si deseáis que las cosas se lleven a efecto.
CLEANTO.— ¿Te ha hecho hablar con el que debe prestar dinero?
FLECHA.— ¡Ah! Realmente, no es asÃ. Pone él aún más cuidado que vos en ocultarse, y son estos misterios mayores de lo que pensáis. No quiere en modo alguno decir su nombre, y debe hoy reunirse con vos en una casa prestada, para informarse por vuestra propia boca sobre vuestro caudal y vuestra familia; y no dudo que el solo nombre de vuestro padre facilitará las cosas.
CLEANTO.— Y, sobre todo, habiendo muerto nuestra madre, cuya herencia no pueden quitarme.