El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— Tiene razón. A cumplido necio debe darse una respuesta a tono. Os pido perdón, encanto mÃo, por la impertinencia de mi hijo; es un joven necio que no conoce todavÃa el alcance de las palabras que pronuncia.
MARIANA.— Os aseguro que lo que me ha dicho no me ha ofendido en absoluto; al contrario, me complace que me explique asà sus verdaderos sentimientos. Me agrada en él semejante confesión, y si hubiese hablado de otro modo, le estimarÃa mucho menos.
HARPAGÓN.— Es harta bondad en vos querer disculpar asà sus faltas. El tiempo le hará más cuerdo, y ya veréis cómo cambia de sentimientos.
CLEANTO.— No, padre mÃo; no soy capaz de cambiar, y ruego encarecidamente a esta señora que me crea.
HARPAGÓN.— ¿Hase visto semejante extravagancia? (Eleva aún más el tono).
CLEANTO.— ¿Queréis que traicione mi corazón?
HARPAGÓN.— ¡Y dale! ¿Vais a cambiar de una vez de discurso?