El Avaro
El Avaro CLEANTO.— Cierto es, señora, que mi padre no puede hacer mejor elección y que representa para mà una gran alegrÃa sensible el veros; mas, con todo, no os aseguro que me regocije el deseo que podéis sentir de convertiros en mi madrastra. El parabién, os lo confieso, resulta harto difÃcil para mÃ, y es un tÃtulo, con vuestra licencia, que no os deseo en modo alguno. Este discurso parecerá brutal a los ojos de ciertas personas; mas estoy seguro de que vos lo tomaréis como es debido; éste es un casamiento, señora, que, como os imaginaréis, me causa aversión; no ignoráis, sabiendo lo que soy, que ofende mis intereses; y tendré, en fin, que deciros, con permiso de mi padre, que, si las cosas dependiesen de mÃ, este himeneo no se celebrarÃa.
HARPAGÓN.— ¡Vaya un cumplido impertinente! ¡Linda confesión le hacéis!
MARIANA.— Y yo, para contestaros, debo deciros que las cosas son muy semejantes y que, si os causa aversión considerarme como vuestra madrastra, no la sentiré yo menor, sin duda, considerándoos como hijastro mÃo. No creáis, os lo ruego, que soy yo quien intenta produciros esa inquietud. Me disgustarÃa grandemente causaros enojo, y, de no verme obligada a ello por una fuerza irresistible, os doy mi palabra que no accederé en modo alguno al casamiento que os apesadumbra.