El Avaro
El Avaro CLEANTO.— ¡Pues bien! Ya que deseáis que hable de otra manera, permitid, señora, que me coloque en el lugar de mi padre y que os confiese que no he visto nada en el mundo tan encantador como vos; que no concibo nada igual a la dicha de agradaros, y que el tÃtulo de esposo vuestro es una gloria, una felicidad que yo preferirÃa al destino de los más grandes prÃncipes de la Tierra… SÃ, señora; la aventura de poseeros es, a mis ojos, la más bella de todas las fortunas; en ella cifro toda mi ambición. Nada hay que no sea capaz de hacer por tan preciada conquista; y los más poderosos obstáculos…
HARPAGÓN.— Poco a poco, hijo mÃo, por favor.
CLEANTO.— Es un cumplido que hago a esta señora en nombre vuestro.
HARPAGÓN.— ¡Dios mÃo! Tengo lengua para explicarme por mà mismo, y no necesito un intermediario como vos. Vamos, traed sillas.
FROSINA.— No; es mejor que vayamos ahora a la feria, a fin de volver antes y tener todo el tiempo después para conversar.
HARPAGÓN.— (A Miajavena). Que enganchen entonces los caballos a la carroza.