Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside Había mil cosas que Ana quería hacer al mismo tiempo, abrazar a todos, salir corriendo en el crepúsculo a recoger algunos pensamientos (en Ingleside había pensamientos por todas partes), recoger la vieja muñeca que había quedado sobre el felpudo, oír todos los jugosos chismes y novedades: todos contribuían con algo. Nan, que se había metido el tapón de un tubo de vaselina en la nariz cuando el doctor había salido a atender un caso y Susan se había distraído. «Le aseguro que me preocupé mucho, mi querida señora». La vaca de la señora Jud Palmer, que se había comido cincuenta y siete clavos y hubo que mandar buscar un veterinario de Charlottetown. La distraída de la señora Fenner Douglas, que había ido a la iglesia con la cabeza descubierta. Papá, que había arrancado todos los dientes de león del jardín. «Entre un niño y otro, mi querida señora…, tuvo ocho mientras usted no estaba». El señor Tom Flagg, que se había teñido el bigote («aunque hace apenas dos años de la muerte de su esposa»). Rose Maxwell, de Harbour Head, que había dejado plantado a Jim Hudson, del Upper Glen, y él le había mandado una factura por todo lo que había gastado en ella. De lo concurrido que había estado el funeral de la señora Amasa Warren. Del gato de Carter Flagg, al que le habían arrancado la cola de un mordisco. De Shirley, a quien habían encontrado en un establo, de pie justo debajo de uno de los caballos. «Mi querida señora, ya nunca volveré a ser la misma». Que, lamentablemente, había buenas razones para suponer que los ciruelos estaban apestados. Que Di se había pasado todo el día cantando: «Mami vuelve a casa hoy, a casa hoy, a casa hoy», con la música de Merrily We Roll Along. Que en casa de Joe Reese tenían un gato bizco porque había nacido con los ojos abiertos. Que Jem, sin querer, se había sentado encima de un papel cazamoscas antes de ponerse los pantalones. Y que Camarón se había caído dentro del barril de agua.