Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Esa noche Phil Gordon llegó hasta la pensión de St. John Street y se arrojó sobre la cama de Ana.
—Querida, estoy muerta de cansancio. Me siento como si llevara a cuestas el paÃs entero. He estado haciendo el equipaje.
—Y supongo que estás agotada porque no podÃas decidir qué guardar primero o dónde poner las cosas —rió Priscilla.
—Exactamente. Y cuando ya tenÃa todo apiñado de cualquier modo, y mi casera y su criada estaban sentadas encima de la maleta para que pudiera cerrarla, descubrà que habÃa guardado un montón de cosas que querÃa tener para la Asamblea. Tuve que volver a abrirla y sepultarme en él durante una hora hasta que rescaté lo que querÃa, después de revolverlo todo otra vez. No, Ana, no maldije.
—¿He dicho que lo hicieras?
—No, pero lo pensabas. Aunque admito que mis pensamientos no eran del todo limpios. Y tengo tal resfriado que lo único que puedo hacer es resoplar, suspirar y estornudar. ¿No os suena a agonÃa? Reina Ana, di algo para levantarme el ánimo.
—Recuerda que el próximo jueves por la noche estarás en la tierra de Alee y Alonzo —suspiró Ana. Phil sacudió la cabeza dolorosamente.