Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Muchísimas noches he creído que no llegaría a ver el día —continuó con solemnidad la señora Douglas—. Nadie sabe lo que he pasado; nadie, excepto yo. Bueno, esto ya no puede durar mucho. Pronto habrá terminado mi triste peregrinaje, señorita Shirley. Es para mí un gran consuelo saber que John tendrá una buena esposa para que lo cuide cuando su madre desaparezca; un gran consuelo, señorita Shirley.

—Janet es una mujer magnífica —afirmó Ana calurosamente.

—¡Magnífica! Un hermoso carácter —asintió la señora Douglas—. Y una perfecta ama de casa; algo que yo nunca fui. Mi salud no lo permitía, señorita Shirley. Estoy verdaderamente contenta de que John haya hecho esa elección. Confío en que será feliz. Es mi único hijo, señorita Shirley, y su felicidad es la mía.

—Desde luego —dijo Ana estúpidamente. Por primera vez en su vida se sentía tonta y le era imposible explicarse el motivo. No encontraba nada que decir a aquella angelical y dulce anciana que le acariciaba tan gentilmente la mano.

—Vuelve pronto a verme, querida Janet —dijo la señora Douglas en el momento de la partida—. No vienes ni la mitad de lo necesario, pero creo que John te traerá para siempre uno de estos días.


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