Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Ana y Diana estaban fuera, en el jardín bañado por la suave luz del atardecer, que entraba por entre los viejos abetos, contemplándose tímidamente por encima de un plantel de hermosas lilas. El jardín de los Barry era un hermoso conjunto de flores que hubiera tocado el corazón de Ana en cualquier otro momento menos crucial. Estaba enmarcado por altos y viejos sauces y abetos, bajo los que surgían flores que amaban la sombra. Senderos bien cuidados, en ángulo recto, bordeados por campanillas, lo cruzaban como cintas rojas y en los parterres surgían tumultuosas las flores. Había rosadas dicentras y grandes y espléndidas peonías escarlatas; narcisos blancos y fragantes y espinosas y dulces rosas de Escocia; aguileñas rosas y azules; boj, menta y tréboles; relámpagos escarlatas que surgían sobre las blancas corolas. Un jardín donde se detenía el sol y zumbaban las abejas y donde los vientos, seducidos, vagaban y acariciaban todo.

—Oh, Diana —dijo Ana por fin, cogiéndose las manos y hablando casi en un susurro—, ¿piensas… crees que te puedo gustar un poquito… lo suficiente como para que seas mi amiga del alma?

Diana rió. Siempre reía antes de hablar.


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