Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —De verdad que no —dijo Ana, radiante—. Sé que no soy tan pecosa como antes, cosa que agradezco mucho, pero realmente no me habÃa atrevido a tener esperanzas de otros cambios. De manera que me alegra que los haya, señorita Barry.
La casa de la señorita Barry estaba amueblada con «gran magnificencia», según dijo Ana a Marilla después. Las dos pequeñas campesinas quedaron bastante confusas por el esplendor del salón donde las dejó la señorita Barry cuando fue a vigilar la cena.
—¿No es un palacio? —susurró Diana—. Nunca habÃa estado antes en casa de tÃa Josephine y no tenÃa ni idea de que fuese tan grande. Me gustarÃa que Julia Bell pudiera verla; se da tantos aires con la sala de su madre…
—¡Alfombra de terciopelo —suspiró Ana—, y cortinajes de seda! He soñado con cosas asÃ, Diana. Pero sabrás que no me sentirÃa muy cómoda con ellas, después de todo. Hay tantas cosas en esta habitación y son tan maravillosas, que no queda campo para la imaginación. Ése es un consuelo cuando se es pobre; hay muchÃsimas cosas que se pueden imaginar.
Su estancia en la ciudad fue algo que Ana y Diana recordaron durante años. Fue maravilloso desde el principio hasta el fin.
El miércoles, la señorita Barry las llevó a la exhibición donde pasaron todo el dÃa.