Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Era un largo viaje, pero las dos niñas disfrutaron de cada minuto. Era delicioso marchar por los húmedos caminos bajo la temprana y rojiza luz solar que cruzaba los campos. El aire era fresco y cortante y ligeras nieblas azuladas se elevaban de los valles y flotaban sobre las colinas. Algunas veces, el camino cruzaba bosques donde los arces comenzaban a lucir banderas escarlatas; otras cruzaba ríos sobre puentes que hacían estremecerse a Ana con el viejo y delicioso temor; o seguía la costa de un puerto, pasaba junto a un grupo de casitas de pescadores para subir otra vez a las colinas, desde donde se veían las tierras ascendentes y el cielo azul; pero doquiera que fuera, había mucho interesante que comentar. Era casi mediodía cuando llegaron al pueblo y se dirigieron a Beechwood. Era una vieja mansión señorial, oculta de la calle por un cerco de verdes olmos y coposas hayas. La señorita Barry las esperó en la puerta con los ojos centelleantes.
—De manera que por fin has venido a verme, Ana —dijo—. ¡Por Dios, cómo has crecido! Eres más alta que yo. Y tienes muchísimo mejor aspecto que antes, también. Pero me atrevo a decir que eso lo sabías sin que te lo dijeran.