Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—Era espléndido —contó más tarde Ana a Marilla—. Nunca había imaginado nada tan interesante. En realidad, no sé qué departamento era el mejor. Creo que me quedaría con el de los caballos, el de las flores y el de trabajos varios. Josie Pye ganó el primer premio en encaje. Me alegro de veras. Y también me alegro por haberme alegrado, pues demuestra que estoy mejorando, ya que me regocijó el éxito de Josie. El señor Harmon se llevó el segundo premio por las manzanas Gravenstein, y el señor Bell, el primer premio con un cerdo. Diana dijo que le parecía ridículo que el director de la Escuela Dominical ganara un premio por los cerdos, pero yo no veo el porqué. ¿A usted qué le parece? Dice que cada vez que le viera rezar solemnemente, lo recordaría. Clara Louise MacPherson ganó el premio para queso y manteca caseros. De manera que Avonlea estuvo bastante bien representada. La señora Lynde estuvo aquel día y nunca supe cuánto la apreciaba hasta que vi su cara familiar entre tantos extraños. Había miles de personas allí, Marilla. Eso me hizo sentir horriblemente insignificante. Y la señorita Barry nos llevó al gran pabellón a ver las carreras de caballos. La señora Lynde no quiso ir; decía que las carreras de caballos eran abominables y que siendo religiosa, consideraba un deber sagrado mantenerse apartada. Pero había tanta gente que no creo que se notara la ausencia de la señora Lynde. Sin embargo, creo que no debería ir a menudo a las carreras de caballos porque son fascinantes. Diana se excitó tanto que quiso apostar diez centavos, pero me negué a apostar, porque quería contarle todo a la señora Alian y me pareció que contarle eso no sería bueno. Está mal hacer algo que no se puede contar a la esposa de un pastor. Es casi poseer una conciencia adicional el tener por amiga a una persona así. Y me alegré de no haber apostado, pues el caballo rojo ganó, de manera que hubiera perdido mis diez centavos. Así es como se recompensa a la virtud. Vimos subir a un hombre en un globo. Me gustaría subir en globo, Marilla, sería simplemente estremecedor. Y vimos a un hombre que vendía buenaventuras; le pagaban diez centavos y un pajarito elegía la suerte. La señorita Barry nos dio a Diana y a mí diez centavos para que nos dijeran la buenaventura. La mía fue que me casaría con un hombre moreno, muy rico, y que iría a vivir al otro lado del mar. Después de eso, miré cuidadosamente a cuanto hombre moreno vi, pero no me preocupé mucho por ellos, porque supongo que es demasiado pronto para buscarlo. Oh, Marilla, fue un día inolvidable. Estaba tan cansada que no pude dormir por la noche. La señorita Barry nos puso en el cuarto de huéspedes como nos había prometido. Era una habitación elegante, Marilla, pero, sin embargo, dormir en una habitación así no fue como pensé. Ése es el inconveniente de crecer y empiezo a comprenderlo. Las cosas que se desean cuando se es niña no son ni la mitad de hermosas cuando se crece.


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