Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Si yo hubiera sido el muchacho que mandaron buscar —dijo Ana—, serÃa capaz de ayudarle de cien maneras. Sólo por eso me gustarÃa haberlo sido.
—Bueno, te prefiero a cien muchachos, Ana —dijo Matthew acariciándole la mano—. ImagÃnate, más que a cien muchachos. Bueno, creo que no fue un muchacho quien ganó la beca Avery, ¿no es asÃ? Fue una niña, mi niña, mi niña de quien estoy orgulloso.
Y le sonrió con su tÃmida sonrisa mientras entraba al prado. Ana llevó el recuerdo de esa sonrisa cuando se fue a su cuarto aquella noche y se sentó durante largo rato frente a la ventana abierta, pensando en el pasado y soñando con el futuro. Fuera, La Reina de las Nieves estaba blanca a la luz de la luna y las ranas croaban en el pantano, tras «La Cuesta del Huerto». Ana siempre recordó la belleza plateada y pacÃfica y la fragante calma de aquella noche. Fue la última antes de que el dolor llegara a su vida, y nadie ha vuelto a ser igual cuando ha sentido sobre sà ese toque frÃo y santificante.