Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Más allá del jardÃn, un campo arado y plantado con ajos descendÃa hasta la hondonada donde corrÃa el arroyo y donde crecÃan filas de blancos abedules, surgiendo gallardamente de un suelo que sugerÃa deliciosos helechos, musgos y otras muestras de vegetación. Más a lo lejos, habÃa una colina, verde y emplumada por pinos y abetos, donde, en un hueco, estaba el grisáceo tejado de la casita que viera desde el otro lado del Lago de las Aguas Refulgentes.
Lejos, a la izquierda, se hallaban los grandes establos y más allá de los verdes campos descendentes, se veÃa el chispeante azul del mar.
Los ojos de Ana, amantes de la belleza, vagaron por todo aquello, contemplándolo ávidamente; la pobre criatura habÃa visto muchos lugares feos en su vida, y aquello era más hermoso de lo que pudiera soñar.
Permaneció arrodillada, perdida para todo excepto para aquella belleza, hasta que una mano que se posó en su hombro la devolvió a la realidad. Marilla habÃa entrado sin ser oÃda por la pequeña soñadora.
—Es hora de que te vistas —dijo severamente.
En realidad, Marilla no sabÃa cómo hablarle a la niña y su incómoda ignorancia la hacÃa seca e hiriente, cuando en realidad no querÃa serlo.
Ana se puso en pie, aspirando profundamente.
—¿No es hermoso? —dijo, abarcando con un movimiento de la mano el mundo exterior.