Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No. ¿Querrás tener la habitación llena de flores? En primer lugar, debiste haberlas dejado en el árbol.
—Asà lo pensé. Sentà que no debÃa abreviar su vida cortándolas; si yo fuera un capullo, no me gustarÃa que me cortasen. Pero la tentación fue irresistible. ¿Qué hace usted cuando tiene una tentación irresistible?
—Ana, ¿no has oÃdo que debes ir a tu habitación? —Ana suspiró, se retiró a su buhardilla y se sentó junto a la ventana.
—Ya está, ya sé la plegaria. Aprendà la última frase al subir por la escalera. Ahora voy a imaginar cosas en esta habitación, de manera que queden imaginadas para siempre. El suelo está cubierto por una alfombra de terciopelo con rosas y en las ventanas hay cortinas de seda roja. Las paredes están cubiertas por tapices de oro y plata. Los muebles son de caoba; nunca he visto caoba, pero suena a tan lujoso. Esto es un sofá cubierto con cojines de seda rosa, azul, escarlata y oro, y yo estoy graciosamente reclinada en él. Puedo ver mi imagen en la pared. Soy alta y hermosa, llevo un vestido de encaje blanco, con una cruz de perla sobre el pecho y perlas en los cabellos. Mi cabello es negro como la noche y mi piel de claro marfil. Mi nombre es Lady Cordelia Fitzgerald. No, no es asÃ; no puedo hacer que eso parezca real.